Los responsables de la estación son, a mi juicio, unos de los presuntamente implicados en ese desaguisado en que se convierte Cebolledo, cada fin de semana que hay nieve. Es inadmisible que se permita la saturación de la estación, para sacar dinero, vendiendo más forfaits de los que en lógica se deberían de vender. No hay una reglamenteación clara sobre el esquí, y así nos va. Creo que debería de haber un límite de aforo, en función de las pistas abiertas, o de los remontes en funcionamiento. Primero por seguridad, porque cuanto mayor es la aglomeración, mayores son los riesgos de accidentes. Y segundo porque vender más forfaits, o admitir a más usuarios de los que puede absorber la estación, es un presunto engaño, y una burla al consumidor, que paga por algo que no puede usar debidamente. ¿Alguien se imagina que los responsables de una sala de cine, con 500 butacas, vendiese 1.500 entradas? ¿Alguien se imagina que para un Sporting - Oviedo se vendiesen más del doble de entradas de las que puede absorber El Molinón? Creo que se montaría un escándalo mayúsculo, y que los responsables acabarían en la cárcel. Sin embargo vemos todos los sábados, y más aún los domingos, como hay colas en San Isidro que no bajan de la media hora en el cuatriplaza, y que llegan hasta más de una hora en Requejines. Hace años subí un día, y sólo estaba abierto Requejines, y me crucé con una persona que me dijo que había estado más de dos horas para poder coger el teleskí. Sin embargo la taquilla seguía vendiendo forfaits. Eso es inadmisible, y cualquier espera para coger un remonte, que supere los 15-20 minutos, es una burla y un escarnio al consumidor, que paga para usar los remontes, y poder esquiar, y no para hacer colas interminables. Pero con ser grave el pagar por algo que no puedes usar correctamente, lo más grave es que ese exceso de venta de forfaits convierte las pistas en un hormiguero humano, en una aglomeración peligrosa, donde lo inevitable es que se produzcan accidentes, porque no olvidemos que el esquí de fin de semana consiste en un montón de gente bajando, sobre un piso deslizante, con estilos muy diferentes, con giros muy dispares, y con trayectorias imprevisibles. Y si en medio de ese caos aparece el macarra de turno, el descerebrado que se cree el gallu de la quintana, entonces las posibilidades de accidente grave se incrementan exponencialmente, y los resultados serán tanto más graves cuanto más alta sea la velocidad. Y es que su limitado cerebro, sus taras mentales, no le permiten entender que nuestro derecho a la diversión termina donde empieza el derecho de los demás. O que un lugar atestado de gente no es un lugar para bajar a toda pastilla, por razones obvias. O que los demás esquiadores no son palos de Slalom estáticos, a los que puedas pasar rozando, para darle emoción.
No menos parte de culpa la tienen, presuntamente, los de la G. C. de Montaña, que “vigilan” las pistas, y a los que alguien debería de explicar que están al servicio de los ciudadanos, y no al servicio de la estación. Su función no es, o no debería de ser, la de subir a esquiar para divertirse, o la de subir a pata por Peñanevares, para bajar las cornisas o tubos de la zona. Su misión debería de ser la de velar por la seguridad de los ciudadanos, impidiendo, o denunciando, las masificaciones y el exceso de aforo, cuando se produzca. Y su misión también debería de ser la de perseguir, identificar, retirar el forfait, y denunciar, a todo usuario irresponsable que no cumpla con las normas FIS, o que baje por una pista a una velocidad, o con una conducta, que ponga en riesgo la integridad del resto de los usuarios. Y entre esas conductas está la de los mencionados saltos con que algunos nos “obsequian”, invadiendo de improviso las pistas desde un lateral, llegando a saltarte por encima. Una retirada de forfait, una sanción económica ejemplar, y una prohibición de acceso a las pistas de esquí durante un par de temporadas, haría milagros en la conducta de algunos desalmados. Tal y como hacen con los aficionados ultras del fútbol, a los que pillan en alguna gamberrada.
Y gran parte de culpa también la tenemos los usuarios, por no hacer valer nuestros derechos, denunciando donde corresponda los posibles excesos de aforo, que a nuestro juicio se produzcan. O por no denunciar las conductas inadecuadas, o la dejación de funciones de quienes tienen a su cargo el velar por la seguridad de quiens acuden a una pista de esquí par divertirse, y acaban dentro de un circo romano con fieras peligrosas sueltas.