Durante todo el tiempo que he tenido la suerte de poder experimentar lo que se siente en una ola, en la nieve o teniendo la ocasion de disfrutar con algo o con alguien, he ido acoplando a mi vida una serie de ideas que me han parecido buenas, una de ellas es permanecer abierto a cosas, lugares y gentes que en principio no tienen absolutamente nada que ver conmigo, puesto que parto de la base de que todo nos enriquece en la medida en que sepamos aprovecharlo.
Con los libros me pasa otro tanto de lo mismo, Dragó o Coelho, nunca fueron santos de mi devoción y sin embargo en estos ultimos años de mi vida me tocaron la fibra sensible. Supongo que de alguna manera hay cosas que permanecen "ocultas" a nuestros ojos y a nuestra sensibilidad debido a la maquinaria vital que ponemos en marcha para recorrer el camino de la vida, y cuando cambiamos la marcha de esa maquinaria y decidimos ir a otro ritmo descubrimos matices en el paisaje que nunca nos hemos parado a mirar. ¿Cuantas cosas nos habremos perdido hasta llegar aqui?, realmente no importa mucho, otros las vivirán y las aprovecharán, lo importante es que hasta llegar aqui lo hayamos pasado bien.
Hablo de "El camino del corazon" de F. Sanchez Dragó, que quédó finalista para el Planeta hace ya un montón de años (1990). Segun el propio autor es su mejor novela, de hecho se ha vuelto a editar. Cuenta en ella su experiencia en su primer viaje a Asia en los 60`s. Unos escogieron la India y Nepal, otros escogieron Indonesia y Thailandia, muchos se lo recorrieron todo, y creo que todos ellos se drogaron.
Ahora que viene el verano y muchos vais a coger la carretera, el barco o el avión en busca de paz y tranquilidad (amen de juerga nocturna), os lo recomiendo. Es un libro de viajes, pero a cada uno le toca decidir en qué parte es un viaje por el mundo o simplemente un viaje por el interior de uno mismo.
"...Salir como Marco Polo una mañana. Sentir el viento en las venas. Llevar en la mochila el Quijote. Volver la cabeza una sola vez antes de doblar la esquina. Sonreír. Decir adiós con la mano. Dejar tras él, asomada al balcón, una mujer encinta. Bajar con alas en los talones desde la Plaza del Chupete hasta la humilde estación del ferrocarril en la que un pintoresco grupo de cineastas rodó años atrás una de las más febriles escenas de la película ¿Doctor Zhivago?. Saludar con un gesto a los transeúntes conocidos. Pasar de largo con alegría ante los desconocidos.
Silbar una canción de moda. Pedir en la taquilla un billete de segunda. Comprar por última vez en mucho tiempo un periódico español. Subir al tren. Mirar por la ventanilla los retales verdes, amarillos y ocres de los campos de pan llevar. Acordarse del Cid, de Unamuno y de Castilla. Apearse en Pamplona. Comprar un mapa, dos bocadillos y una bota de vino. Llenarla. Beber de un sorbo a la salud de los que se quedan. Beber otro sorbo pensando en quienes, sin saberlo, le aguardan..."