«Pensé que nunca volvería a esquiar» Maite Guerra, Mati Fernández y Sila Murillo, con gran discapacidad, relatan el sueño vivido en San Isidro tras descender, con ayuda, por Cebolledo
«Pensé que nunca volvería a esquiar», dice Maite Guerra, 34 años, tetrapléjica desde hace diez por un accidente. «Creí que tocaba el cielo», explica Sila Murillo, en silla de ruedas desde hace 24 años. «Nunca imaginé algo así», apunta Mati Fernández, con paraplejia desde hace 30 años. Las tres descendieron por la pista de Cebolledo, en San Isidro, apoyadas por la Federación Deporte Solidario. Y desde entonces son más felices.
«Fue impactante. Yo pensé que nunca más volvería a esquiar». Maite Guerra, 34 años, tetrapléjica desde hace diez a consecuencia de un accidente de coche -el vehículo en el que viajaba cayó al agua en el puerto deportivo gijonés- tecleó esa frase en su comunicador personal y dejó que sus compañeras de la asociación AMDAS La Fonte leyeran lo que aparecía en la pantalla. Con un dedo y paciencia Maite consigue que un pequeño artilugio, como una máquina de escribir de bolsillo que incluso puede recitar lo que ella escribe, deje constancia de unos pensamientos que le cuesta verbalizar.
Pero ni a Sila Murillo ni a Tina Alonso ni a Mati Fernández, algunas de sus compañeras de la asociación de mujeres discapacitadas AMDAS La Fonte, les hacía falta tener por escrito el certificado de que había disfrutado -«muchísimo», eso también lo escribió- de la experiencia de volver a la nieve, a la estación invernal de San Isidro, y deslizarse por la pista de Cebolledo. «Se la notaba feliz. Bueno, como a todas nosotras. Fue una jornada mágica, sobre todo para las que iban en silla de ruedas», contaba Tina Alonso.
Es bien cierto que el 10 de abril quedará en la memoria de la asociación gijonesa. Ese día se materializó la invitación que les hizo la Federación Deporte Solidario para que algunas mujeres de la asociación de discapacitadas -la más joven, varias décadas, era Maite- tuvieran un bautismo de esquí. Del grupo de 15 mujeres con discapacidad que aceptaron la invitación cinco dependen de una silla de ruedas y para ellas el reto era máximo. Sila Murillo, Deme Cueva y Mati Fernández Cienfuegos (las tres parapléjicas), además de Maite, vencieron su miedo inicial y aceptaron cambiar sus sillas por otras especiales para la nieve, con las que pudieron deslizarse por las pistas guiadas por unos monitores, «que fueron nuestros ángeles». Con sana envidia pasó el día Merce Vieites, que se conformó con disfrutar del paisaje.
«Seguimos rompiendo barreras y haciendo cosas con la ilusión y la motivación de que se vea que ser discapacitada y dependiente no está reñido con disfrutar de la vida y actividades como puede ser esquiar», explicaba Sila Murillo, presidenta de AMDAS. También con ella, que lleva 24 años en silla de ruedas y nunca antes se había puesto unos esquís, sobraban las declaraciones. Su estado de excitación, que mantenía días después de haber pasado por San Isidro, la delataba en todo momento. «Pensé que tocaba el cielo cuando me vi allí arriba, en plena montaña, rodeada de nieve, deslizándome. Cuando mi monitor, Carlos, me estaba poniendo el casco tuve que decirle "espera, no tengas prisa, que yo alcanzo el cielo"», cuenta.
Tanto se emocionó que cuando bajaba por la ladera guiada por el monitor no dejaba de pedir que la dejaran sola. «Yo venga a decirle que quería esquiar sola, pero en un momentín que quedé parada y me soltó, me caí», rememora. Entonces su arrebato fue «coger nieve y meterla en la boca, porque era una sensación indescriptible. No tengo palabras para transmitir la libertad que sentí», sostiene. Y esa increíble experiencia siguió en casa, en conversación con su nieta de 4 años. «Le expliqué cómo había podido esquiar, que me habían sentado en una silla como si fuera la mía pero sin ruedas y con esquís; luego empezó a preguntarme qué cosas me habían enseñado, si sabía hacer giros. El orgullo que sentí por hablar con ella de un deporte que yo había podido experimentar fue inmenso». Así que ya lo anuncia: «Que me esperen en San Isidro, que vuelvo».
Y es posible que también lo haga Mati Fernández, aunque sea luchando contra «la superprotección que ejerce mi familia». Mati ha superado gracias a la asociación una gran depresión que la tenía acogotada en su casa. Un accidente de coche, hace 30 años, la mermó físicamente y hace dos tuvo que dejar las muletas por una silla. «Jamás pensé que yo iba a poder hacer una vida como otra persona normal y, menos, esquiar. Son actividades a las que ni aspiras, ni se te pasa por la imaginación». Ni siquiera sintió el miedo que intuía: «El recelo que tenía se me quitó en la primera bajada». Saben que su testimonio puede valer más que la mejor terapia para otras discapacitadas. Sólo piden a la Administración que «nos facilite los apoyos técnicos y humanos para que estas cosas no sean sólo logros de los más jóvenes».
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