Pues nada, que era un día de semana, en el que llegamos de los primeros a la estación. Aparcamos casi en la puerta de la Cafetería de Cebollero. Como era pronto, café insufrible en baso de cartón, para hacer tiempo, cucharilla de plástico incluida. Apretón, consecuencia lógica (efectos secundarios del café) y corriendo al servicio. Como está cerrado el de abajo, según sales de la cafetería a la izquierda, hay que ir arriba. Quita forro polar, bajar tirantes de los pantalones y te sientas.
En pleno éxtasis escatológico, próximo a la levitación, sientes, oyes, que se abre la puerta. Dos voces femeninas intentando hablar a la vez y a los pocos instantes, se une una tercera y una cuarta. Aquello era un gallinero: “que si una era una p…la otra una cotilla, aquel anorak, no va con los pantalones, ¡Será hortera, la muy guarra!, y encima va con el guaperas del casco.”
Bueno, pues eso, que uno que estaba a lo suyo, se le corta el “vacilón” y se empieza a temer lo peor: ME HE METIDO EL DE CHICAS. Por un momento se me pasa toda mi vida por delante, como una película, como dicen que les sucede a los condenados a muerte a los pocos segundos del fatal desenlace. ¡Ahora que hago!, ¡Ay mamina!, Ya me imagino a la Guardia Civil dándome hostias hasta el cartelillo: “Pervertido”, “degenerado”, “eso antes no pasaba”, “a estos enfermos los curaba yo si me dejaran”.
Transcurridos unos minutos, que a mi se me antojaron siglos, las voces se alejan. Tiro con suavidad de la cisterna, y el ruido del agua al caer parece el de las cataratas de Iguzú, en sonido estereo. Me quedo pegado con la oreja en la puerta. No oigo nada. Abro.
La puerta metálica se abre con suavidad, y lo que veo por la rendija por donde se cuela la leve luz me deja helado. Ella. Brazos en jarras. Ella.
Continuará.