Hombre, desaprovechado sí que está, desde el momento en que a algún zoquete se le ocurrió la feliz idea de poner las taquillas justo a la entrada de la cafetería, para que se amontone bien la peña y mientras unos hacen cola por un lado, otros se cuelen por el otro y, mientras tanto, los que van a la cafetería no puedan ni entrar.
Vaya, que podían haber dejado allí las taquillas.