Yo creo en América. América me dio mi fortuna. Y crié a mi hija a la manera americana. Le di libertad, pero le inculqué que nunca deshonrara a su familia. Ella se puso de novia, con un chico que no es italiano. Fue al cine con él; llegaba tarde. Yo no protestaba. Dos meses después, él la llevó para un paseo, con otra pareja. Se tomarán unos whiskies. Y después trataron de sobrepasarse con ella. Se resistió. Mantuvo su honor. Entonces la golpearon, como a un animal. Cuando llegué al hospital, su nariz estaba rota. Su mandíbula estaba fuera de lugar, atada con alambres. Ella no podía siquiera llorar por el dolor que le causaba. Pero yo lloré. ¿Por qué lloré? Porque ella era la luz de mi vida, una hermosa chica. Ahora nunca será bella de nuevo. Fui a la policía, como un buen americano. Estos dos chicos fueron a juicio. El juez los sentenció a tres años de presión en suspenso. ¡En suspenso! ¡Salieron libres ese mismo día! Yo me quedé parado en el recinto como un tonto. Y esos dos bastardos, se me rieron. Después le dije a mi esposa: “para justicia, debemos ir a ver a Don Corleone”.
El padrino...
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