Consell tiene 44 años y recuerda perfectamente cuando llegaron a su pueblo, Taüll, la primera tele, el primer coche o el primer teléfono público. Y es que en este paradisiaco rincón del Pirineo el progreso irrumpió de golpe. Aquí el paso de la mula al tractor se dio de un día para otro. Taüll salió de su letargo cuando quedó comunicado con el resto del mundo. Aunque para entrar en la nueva era los habitantes de este pueblo tuvieron que esperar muchos años, pues la carretera que los conecta con Boí no se abrió hasta principios de los sesenta.
Mosén Llorenç era el cura de Taüll en esa época. Fue, junto con el único bar que había entonces en el pueblo, el de Ramonet, el primero en tener televisión y uno de los primeros a los que se vio por aquellas montañas al volante de un coche. Sin duda, un privilegiado.
Consell y todos los de su generación recuerdan como iban todos en fila india a ver la tele. La misma imagen se repite en la mente de Julia, que, a sus 83 años, sólo atina a dar un nombre cuando se le pregunta por los programas de la época. “Hermida –afirma–. A mí me gustaba mucho, pero sólo lo íbamos a ver los domingos”.
Julia no esconde que la vida en aquella época era muy dura. “Entre los años sesenta y setenta emigró mucha gente”. Ahora Taüll ha crecido mucho. Pero la vida de pueblo –las tardes en comunidad viendo la tele, las reuniones en el bar, los corrillos en las puertas de las casas...– desapareció con la llegada del progreso. “Es verdad que hay mucha más gente, pero es como si no estuviesen aquí. Ahora ya no se conoce a los vecinos. Vienen y van, y no te hacen ninguna compañía”, añade.
Taüll y todo el valle de Boí escondían dos tesoros que, si bien estaban ya descubiertos, ha costado mucho rentabilizar. El románico y el negocio de la nieve son ahora mismo los dos principales motores económicos de esta comarca. El primer tesoro es una herencia de los siglos XI y XII. El segundo, el del esquí, llegó mucho más tarde, en los años noventa, de la mano de capital foráneo.
Pero los primeros turistas de Taüll no iban a ver iglesias (salvo excepciones) ni a esquiar. “Eran grupos de chiruqueros que viajaban hasta aquí para montar campamentos de montaña”, afirma Consell. Esto ocurría cuando todo el valle empezaba a notar ya las consecuencias del desembarco de trabajadores de la industria hidroeléctrica, que llegaron en los cincuenta, y cuando Franco creó por decreto ley el parque nacional de Aigüestortes.
En todo el valle de Boí vivían entonces 1.157 personas. Una cifra que bajó en 1986 hasta los 538 y que ahora se ha ido recuperando hasta llegar a los 1.010. Aunque el gran cambio que iba a transformar para siempre la fisonomía de este valle, después de salir de ese aislamiento de siglos, no iba a llegar hasta finales de los años ochenta.
La construcción se disparó ante la inminente apertura de las pistas de esquí de Boí-Taüll y actualmente sólo un 17% de la población continúa en el sector ganadero, frente al 64% que vive del turismo.
Ya nada se parece a lo que Taüll era en los sesenta. Antoni, de 50 años, aún recuerda como iban andando hasta Boí para ver cine en una sala habilitada en el edificio que hoy ocupa el hotel Fondevila. Ésa era la única conexión con el exterior. Viajar a Lleida o Barcelona era toda una odisea. Nada que ver con lo que ocurrió en la década de los setenta, cuando muchos jóvenes de este valle no dudaron en correr mundo. Muchos han vuelto después con una experiencia acumulada que no se paga con dinero, y rondar por esos mundos les ha servido para apreciar la belleza y fragilidad del territorio que les vio nacer.
Joan Perelada, alcalde de Vall de Boí, pasará a la historia por ser el político local que consiguió, en el 2000, que la Unesco declarara el románico de la zona patrimonio de la humanidad. Afirma que entre sus planes de futuro para esta comarca está el control para un crecimiento sostenible de pueblos como Taüll, donde debe primar más la calidad que la cantidad.
Fuente,snowastur.com