La monumental de los tres ochos (1888)
Durante décadas así sería bautizada la extraordinaria nevada ocurrida aquel año que finalizaba en tres ochos. Generaciones anteriores a aquella fecha no recordaban semejante volumen de nieve. La nevada se iniciaba el día 14 de febrero de 1888 y concluía el 29 del mismo mes; su pertinacia e intensidad arrojaron unas cifras de alturas desconocidas, pueblos de alta montaña, como Sotres o Pajares (pueblo), alcanzaron los cinco metros, otras referencias de pueblos más bajos como Orlé, Bezanes o Caleao (Caso) oscilaron entre los 2,25 a 2,50 metros; Felechosa, lugar de mi nacimiento, en Aller, 2,50 metros; Moreda, 1,40 metros.
El volumen de la nieve acumulada en los tejados de viviendas o cuadras obligó al espaleo dos o tres veces ante la amenaza de sus derrumbamientos.
Para dar una idea gráfica de aquella nevada tan tremenda, basta citar el hecho ocurrido con las brigadas de salvamento que accedieron al pueblo de Pajares, donde transitaron sobre sus tejados y únicamente alguna chimenea que sobresalía de ellos les hacía saber que caminaban sobre el propio pueblo.
La nevada de 1888 y sus trágicas consecuencias
A mediados de la década de los ochenta del siglo XIX, Asturias sufría una epidemia de cólera (1885) y otra de viruela (1888), que diezmaría significativamente su población; por no citar la endémica tuberculosis o el tifus. En esta pésima situación sanitaria y la pobreza secular de las zonas rurales, sobrevino la devastadora nevada de 1888, que tuvo sus primeras consecuencias en las comunicaciones con la Meseta, paralizando el tráfico ferroviario durante 12 días.
La compañía ferroviaria, ante el cariz de la nevada, movilizó todos los recursos humanos 250 obreros, pero sus esfuerzos resultaban estériles ante los continuos aludes que se producían. Por otra parte, las fortísimas ventiscas hacían inviable los propios trabajos de espaleo en las vías. De la fuerza de las ventiscas da idea el hecho de que introducían la nieve en el interior de los túneles hasta 70 metros, y así se dieron casos de algunos túneles atiborrados de nieve al recibirla por ambas bocas.
Ante los escasos resultados obtenidos por los trabajos de los empleados de Renfe, se incorporaron 900 soldados. Finalmente, el día 26 de febrero cruzaba Pajares el primer convoy, que había estado detenido en la estación de León desde principios de la nevada.
Tragedia humana
Las frecuentes avalanchas que se producían constituían una seria amenaza para los pueblos situados en la parte baja de la cordillera. En Nieves (Caso) una gran avalancha quedó a escasos metros del pueblo, lo que pudo haber sido una gran catástrofe; menos suerte tuvo Pajares (pueblo), donde un alud arrasó varias viviendas originando la muerte a 16 personas ocho de ellas, niños.
En San Ignacio (Ponga), otro alud derribó una vivienda, causando la muerte a sus cinco habitantes; otros tres muertos por derrumbamientos se producían en Tineo, Somiedo y Caso.
Catástrofe económica
La nevada originó una catástrofe sin precedentes; centenares de viviendas, cuadras y hórreos se hundieron total o parcialmente. Las pérdidas de vacas, ovejas, cabras y caballos fueron por millares. Reflejamos a continuación los datos relativos a dos concejos, Peñamellera y Cabrales.
Los datos del pueblo de Sotres (Cabrales) son estremecedores: 105 casas y establos destruidos total o parcialmente, 78 vacas, 517 cabras, 703 ovejas y 10 caballos muertos o desaparecidos.
La tragedia no finaliza con la pérdida de vidas o la destrucción de viviendas y la cabaña ganadera diezmada; las frecuentes avalanchas arrastrando cantidades ingentes de tierra y árboles convirtieron las vegas, prados y pumaradas en auténticas escombreras y pedregales, con la consiguiente aniquilación de cosechas y frutales que empobrecen aún más, si cabe, a los habitantes de las zonas afectadas.
Para tal desastre la Diputación Provincial volcó sus escasos recursos en ayuda de los damnificados. El presupuesto disponía de un capítulo denominado «Calamidades», dotado de 400 pesetas, dedicadas exclusivamente para la emergencia. El Gobierno central envió ayudas que oscilaban entre 300 hasta 1.500 pesetas a los municipios más afectados y su distribución se otorgaría mediante comisiones creadas para el caso.
Cesó de nevar el 29 de febrero, pero a este alivio siguió la zozobra y el pánico al temido deshielo. Afortunadamente, las condiciones climatológicas no lo propiciaron, hubiera sido el colmo a tanta desgracia que sufrieron miles de asturianos en aquel funesto 1888.
Publicado en el diario asturiano La Nueva España, el 21-03/2002 por Pedro Rodríguez Cortés.